Foto de Sean Depuydt
Pero no podemos identificar a la persona con la suma de sus aptitudes: es mucho más que eso.
Cada persona posee un valor y una dignidad únicas, independiente de su "saber hacer". Y, si no se percibe así, existe el gran peligro de, frente a un fracaso, caer en una profunda "crisis existencial"; o de tener frente a los demás una actitud de menosprecio cuando nos topemos con sus limitaciones o con su falta de capacidad. Todo eso puede echar a perder las relaciones entre las personas y hacerlas sentir que el amor no es gratuito como hemos venido viendo que debe ser nuestro amor. ¿Qué lugar queda para los pobres o los discapacitados en un mundo en que la persona sólo existe en función de su eficacia, o del bien visible que puede producir?
Oración.
Querido Jesús, es muy triste pero vivimos en un mundo en que lo más importante es la eficiencia, el triunfo, la competitividad, el ser mejor que el otro, más capaz, más exitoso, más brillante, más destacado y esto especialmente entre los hombres El individualismo ¿no es una consecuencia de esto? ¿Y también el menosprecio de los demás, la envidia, la gran indiferencia hacia la pobreza, o la falta de oportunidades, o hacia el sufrimiento ajeno...? Cada uno encerrado en sí mismo, buscando la felicidad en sus logros en "el tener o en el hacer". Y al interior de la familia esto influye tanto en esos hijos que sienten que sus padres admiran y aplauden más al que se destaca por algo. Y creo que todo esto lo hemos asimilado tanto que ni siquiera se da uno cuenta de que es igual al resto en su valoración de las personas. Y nuestra fe como cristianos ¿no se siente como un peso precisamente porque enseña todo lo contrario? ¿El valor y la dignidad de toda persona, de cualquier persona porque todos somos hijos del mismo Padre Dios a quien le debemos todo lo que somos? Y es ¿no es Él precisamente quien en su principal mandamiento nos manda: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado"?
